Leonardo da Vinci creó los dos cuadros más famosos de la historia: La Última Cena y la Mona Lisa. Pero, en su propia mente, era también un hombre de ciencia e ingeniería. Con una pasión que a veces se volvía obsesiva, emprendió estudios innovadores de anatomía, fósiles, aves, el corazón, máquinas voladoras, botánica, geología y armamento. Su capacidad de situarse en la encrucijada entre las humanidades y las ciencias, inmortalizada por su dibujo del Hombre de Vitruvio, lo consagró como el genio más creativo de la historia.
Ahora, Walter Isaacson da vida a Leonardo da Vinci y nos muestra por qué tenemos mucho que aprender de él. Su combinación de ciencia, arte, tecnología e imaginación sigue siendo una receta duradera para la creatividad. Lo mismo ocurría con su naturalidad a la hora de ser un poco inadaptado: ilegítimo, homosexual, vegetariano, zurdo, que se distraía con facilidad y, en ocasiones, hereje. Su curiosidad incansable debería recordarnos la importancia de inculcar, tanto en nosotros mismos como en nuestros hijos, no solo el conocimiento recibido, sino también la disposición a cuestionarlo: a ser imaginativos y, como los inadaptados y rebeldes con talento de cualquier época, a pensar de forma distinta.
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